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Revista Perspectiva | 4 junio 2023.

Palabras como puños. Las manos del trabajo y la cultura escriben el relato

    Las manos de José Hierro eran las de un escultor del lenguaje, las de un trabajador incansable de las palabras. Grandes, fuertes, recias, trabajadas. Las conocí, las estreché, las admiré durante un breve tiempo eterno, marcaron mis ojos, las fotografié, me estremecieron por su verdad. Por toda la vida que llevaban escrita, en su palma firme y en sus huellas de espirales infinitas, por todas las frases forjadas con un cincel de amor, cultura y compromiso. Aquellas manos eran capaces de labrar versos desesperados, que acompañan y dan luz toda una vida, "Ahora ya es tarde. Apagamos las manos felices/y nos ponemos a andar por la tierra cumplida de sombra. /Hemos caído en un pozo que ahoga los sueños. /Hemos sentido la boca glacial de la muerte tocar nuestra boca".En qué se diferencian las manos -que forjan los anhelos y los nombran- de un poeta de las de cualquier trabajador o trabajadora. Todas cumplen su función, igualan en la necesidad de proveer sustento. Las de los poetas, artistas, gentes de la cultura proveen para llenar el alma de entendimiento y rosas; las del mundo del trabajo para techar la casa y traer el pan, tan necesario para la vida. 

    10/11/2022. Carmen Barrios Corredera, escritora y fotoperiodista
    Manos de José Hierro. © Carmen Barrios Corredera, septiembre de 1997.

    Manos de José Hierro. © Carmen Barrios Corredera, septiembre de 1997.

    “En qué se diferencian las manos -que forjan los anhelos y los nombran- de un poeta de las de cualquier trabajador o trabajadora. Todas cumplen su función, igualan en la necesidad de proveer sustento. Las de los poetas, artistas, gentes de la cultura proveen para llenar el alma de entendimiento y rosas; las del mundo del trabajo para techar la casa y traer el pan, tan necesario para la vida“.

    Decía Pasolini que la poesía no se consume, permanece como esencia, es un poso de aprendizaje y siempre podemos acudir a ella para poder explicar mejor el mundo que nos rodea. Es incombustible, inconsumible, es un poco como la filosofía. La poesía es utópica y es pura, se resiste al aburguesamiento social del consumismo.

    La alianza entre las manos de la cultura y las del trabajo hace progresar los pueblos, tejer caminos para la igualdad y ayuda a entenderse a las gentes. Desde las paredes de las cavernas contamos el relato del trabajo y de la vida con la verdad que fluye del lenguaje de los artistas, aquilatando hegemonías culturales y creando memoria. Ya sea en hábiles trazos de pincel, o en surcos grabados en la piedra, cualquier medio es bueno para comunicar anhelos o desvelos, relatos de vida o de muerte, sueños de guerra o estampas de paz y buenas cosechas.

    “La alianza entre las manos de la cultura y las del trabajo hace progresar los pueblos, tejer caminos para la igualdad y ayuda a entenderse a las gentes”.

    “Contra las estructuras/de metal y de vidrio nocturno/rebotan las palabras aún sin forma,/consagradas en el torbellino helado,/y no me hacen llorar./Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!”, expresa Hierro en A orillas del Esat River. Porque hay que contarlo, siempre hay que contarlo, aunque duela. La diferencia estriba en quién es la o el encargado de contarlo, a quién pertenece el lapicero que dejará plasmada la huella del relato. Es necesario, lícito, justo incluso, que sea desde nuestra perspectiva, desde la perspectiva de los comunes, de lo común, desde la clase trabajadora, desde la inmensa mayoría, desde la puta base. Tenemos que evitar con toda nuestra fuerza que el relato se escriba desde la perspectiva privativa y exclusiva del poder, para romper su tentación continua de imponer su hegemonía cultural. Porque las palabras pueden proporcionar al cuerpo social alas enormes como las del cóndor o lastrarlo con la potencia de pesados yunques en la forja del infierno.

    Trabajadoras y poetas formamos parte de ese mundo del trabajo que nos une en la clase de los comunes. Estamos conminadas a forjar alianzas y diálogos.

    “¿Cuál es nuestro principal compromiso social, manos del trabajo, manos de la cultura? Sin duda trabajar unidas. Tejer alianzas. Entrelazar las manos todas, asegurar los cuerpos encadenados por los brazos firmes y caminar juntas como en la estampa del fotograma más noble y simbólico de Novecento”.

    Cuando el poder del dinero consigue abrir una brecha de desentendimiento entre las manos de la cultura y las manos del trabajo, envolviendo las palabras en altos muros de Babel, desgastando, malgastando y pervirtiendo el lenguaje como moneda falsa, dificulta la comunicación y el entendimiento, y mueren las rosas, enmohece el pan y se ahoga con sal el camino de la igualdad. Y los comunes son convertidos en siervos del todopoderoso diablo amarillo, que diría Gorky.

    ¿Cuál es nuestro principal compromiso social, manos del trabajo, manos de la cultura? Sin duda trabajar unidas. Tejer alianzas. Entrelazar las manos todas, asegurar los cuerpos encadenados por los brazos firmes y caminar juntas como en la estampa del fotograma más noble y simbólico de Novecento, todas a una. Nosotras desde las letras y las artes debemos cultivar las palabras que llegan, sembrar surcos y caballones de esta tierra dura, adoquinada, fría y cementera con nuestro propio relato. Hay que romper la comunicación unívoca, transgredir el mensaje homogéneo con el que bombardean mentes, hiriendo cuerpos, para ser capaces de levantar la ola que haga florecer esa utopía en la que la vida sonríe a los y las comunes.

    En la pelea por el relato contra el poder del dinero nos encontramos juntas las manos de la cultura y las del trabajo, porque ambas somos pueblo, nacemos del mismo vientre.

    Manos que trabajan, voces que gritan. El relato cuenta.

    En plenos años veinte en la Puerta del Sol de Madrid Maruja Mayo, Margarita Manso, Salvador Dalí y Federico García Lorca lanzan al viento sus sombreros liberándose de prejuicios públicamente. Simbolizaron con este gesto muchas cosas, entre ellas terminar con dogmas y clasismos, libertad para ser y exigencias de igualdad, negadas por la dictadura de Primo de Rivera. Fueron apedreados por ello, pero con el tiempo le dieron nombre a un grupo de mujeres valientes Las Sinsombrero (Ernestina de Champourcín, María Teresa León, Concha Méndez, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina de la Torre, Marga Gil Roësset y las propias Mallo y Manso) que reivindicaron el espacio de las mujeres en las letras, en las artes y en la cultura en los años 30 y por extensión en la vida pública y política, dándose la mano con Clara Campoamor, Victoria Kent, Dolores Ibarruri - Pasionaria-, María Lejárraga, Eulalia Prieto o Justa Freire, y tantas otras pioneras en la avanzadilla de la igualdad. Ellas pusieron en su presente un pie para nosotras en el futuro. Desde sus reivindicaciones de espacio, reconocimiento, visibilidad e igualdad hasta nuestros días medió un golpe de Estado cruento contra los sueños de justicia social de todo un pueblo, medió una guerra para ahogarlos y cuarenta años de represión salvaje y luchas por derechos. Las mujeres siguieron avanzando desde las calles, desde las tribunas del teatro, desde las páginas de los libros, muchas pusieron sus cuerpos hasta llegar a hoy, donde seguimos enfrascadas en pelear por las cosas de comer.

    “El Guernica expresa con anemia cromática y apabullante simbolismo narrativo el horror de la guerra, causada por la barbarie fascista, sobre el cuerpo del pueblo español”.

    Pablo Picasso gritó al mundo la palabra Paz en todas las lenguas en 1937. Sus manos hablaron un idioma universal e imperecedero, el de la palabra del arte -creando lenguaje propio- para contar la peor historia de su propio tiempo. Acudió a la llamada de Josep Renau para contarle al mundo cómo el fascismo arrasaba la democracia, asesinando a los hijos e hijas de la Segunda República española. El Guernica expresa con anemia cromática y apabullante simbolismo narrativo el horror de la guerra, causada por la barbarie fascista, sobre el cuerpo del pueblo español. Realizó un retrato, una instantánea, una fotografía documental en blanco y negro registrada en lienzo de lino y yute en 776,6 cm de largo por 349,3 cm de alto que atrapa y sobrecoge. Picasso lo cuenta para las gentes de su tiempo y para las generaciones que están por llegar. El Guernica es una alerta eterna contra la guerra.

    Matthew Warchus (director de cine) y Stephen Beresford (guionista de cine) expresan en Pride todos los significados de la palabra Orgullo. Entonan en metraje cinematográfico un Nosotros somos quien somos/ ¡basta de Historia y de Cuentos!, como dijera Gabriel Celaya en otros versos, para hacer relato. Cuentan la lucha histórica de los mineros ingleses durante la huelga de 1984 contra las políticas de la implacable semidiosa del neoliberalismo Margaret Thatcher.

    Estos creadores convierten una lucha que se perdió- la de los mineros ingleses contra Thatcher- en un símbolo de solidaridad y de unidad, al mostrar cómo mineros y activistas gays y lesbianas unen sus esfuerzos reivindicativos contra un enemigo común, desde el orgullo de clase y el orgullo de ser. La cinta muestra esa unidad de manos unidas y la fuerza que despliega esa lucha incansable por la igualdad que no se rinde y se da la mano de una generación a otra, de una reivindicación a otra en una sucesión imparable de cederse el testigo para resistir y sujetar los muros de la casa de los comunes con toda la dignidad que seamos capaces de reunir, para evitar que nos arrase y nos uniforme la hegemonía del diablo amarillo.

    David Simon, un creador de guiones para series televisivas con alma de periodista, autor de joyas audiovisuales como The Wire, Treme, La conjura contra américa o La ciudad es nuestra explica en una entrevista-diálogo con Anita Fuentes y Pablo Iglesias en La Base cómo en un momento de su carrera como periodista de sucesos en The Blatimore Sun, donde estaba enfrascado en destapar la corrupción sistémica en esa ciudad a golpe de artículo de investigación, se dio cuenta de que el periodismo no era suficiente, no llegaba. Sus artículos quedaban sepultados bajo toneladas de letra impresa, pervertidos por anuncios de la irrealidad y el consumo, y desdichos hasta la saciedad en los mentideros machacones de las informaciones y las tertulias de radio y televisión. Decidió que la mejor manera de contarlo para llegar al lugar de denuncia social que él buscaba era hacer relato cultural, guiones como puños para relatar la tragedia griega contemporánea en forma de brutal lucha de clases que se libraba -y se libra- en las calles de Baltimore, donde los hombres y las mujeres de clase trabajadora pelean denodadamente por sobrevivir a las iras de los contemporáneos dioses, los iracundos dioses del dinero. En sus guiones, Baltimore puede ser cualquier ciudad de este occidente inundado de capitalismo y ahogado en desigualdad.

    Marie Darrieussecq, escritora francesa y relatista implacable, deja por escrito un cuento salvaje y distópico, Marranadas, que se desarrolla en una ciudad que podría ser cualquier ciudad europea. Compone un testimonio de denuncia sobre el capitalismo depredador en la piel de una empleada de perfumería que termina convertida en cerda. Abruma acompañar a la dependienta explotada y abusada de mil formas mientras sufre su metamorfosis brutal, debido a las violencias de una sociedad consumista y patriarcal, asediada por señores del dinero y políticos depravados, neonazis aburridos y periodistas amigos del poder que parecen sanguijuelas exprimiendo el cuerpo social.

    Darrieussecq termina su Marranadas con la siguiente frase: “Escribo en cuanto me baja un poco la sabia; me entran ganas cuando la Luna sube, bajo su luz fría releo mi cuaderno. Lo robé en la granja. Intentó poner en práctica los métodos que me enseñó Yvan, pero al revés: cuando estiro el cuello hacia la Luna, lo hago para recordar mi forma humana”. Escribir para contarlo, desde nosotras, desde donde estemos, aunque sea desde nuestra propia derrota, pero que se sepa que somos dueñas de nuestro relato. Aunque el capitalismo nos convierta en cerdas y nos obligue a rebozarnos en nuestra propia mierda tenemos que contarlo, estamos obligadas a levantar nuestro cuello hacia la Luna para recordar nuestra forma humana. 

    Silvia Serrano, jovencísima creadora de contenidos de audio, pone sus manos a crear palabras de podcast para hacer un personalísimo ejercicio de Memoria Democrática en su obra de realidad emocional auditiva La abuela de las tres guerras, que trasciende al lenguaje universal del arte y nos habla a todas. Serrano hace relato. Nos interpela. En conversación de café quise saber por qué se lanzó a hilar así palabras de memoria. Para entender, para entendernos, para saber quién soy -dijo-, quiénes somos concluimos ambas, porque algunas seguimos empeñadas en poner palabras para entender qué fue aquello que pasó en este país ahogado en el silencio impuesto por la Victoria fascista en forma de mordaza negra durante cuarenta años. Una mordaza que todavía aprieta hoy demasiadas bocas bajo la esencia de la memoria convertida en amnesia, gracias al poder del miedo. Es necesario levantar esa mordaza y escribir el relato de lo que sucedió desde nuestros propios cuerpos de hijas de las supervivientes, aunque a veces duela. Como canta La raíz a ritmo de rock en su de poetas y presos, “somos las hijas de los versos/de los poetas y los presos/la voz que grita entre los huesos/ de las cunetas para despertar/ al universo”.

    “Al igual que Hierro,Passolini, lAs Sinsombrero, Picasso, Warchus y Beresford, Simon, Darrieussecq y Serrano, como tantas y tantos creadores, trabajadoras, escritores, pintoras, guionistas, bailarines, ilustradoras, músicos, poetas y artistas visuales, cineastas y actrices, dramaturgas, creadoras de contenidos de audio o de video, literatas e intelectuales, creo en la función social y en la fuerza transformadora de la cultura“.

    Al igual que Hierro,Passolini, lAs Sinsombrero, Picasso, Warchus y Beresford, Simon, Darrieussecq y Serrano, como tantas y tantos creadores, trabajadoras, escritores, pintoras, guionistas, bailarines, ilustradoras, músicos, poetas y artistas visuales, cineastas y actrices, dramaturgas, creadoras de contenidos de audio o de video, literatas e intelectuales, creo en la función social y en la fuerza transformadora de la cultura. Hago relato sobre las mujeres del mundo del trabajo, sobre las luchadoras por derechos, escribo y cuento, cuento y escribo porque soy una de ellas y estoy marcada por un hierro infernal en el costado que me sitúa en el peldaño más bajo -soy mujer- de una clase trabajadora que necesita fuerza y empeño para contarlo, para hallar las palabras que sean capaces de nombrar todos los compromisos que nos unan en el camino de conquistar la igualdad. Toda ella, la más amplia. Voy de la mano de las mías, de las trabajadoras de ayer y de hoy. Y no me rindo.

    *Agradezco las sutiles observaciones del historiador Enrique Corredera Nilsson, que me han ayudado a pulir y mejorar este texto.